BIENVENIDOS

ESTA ES LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO "Rafael Delgado, Realidad y Mito de un Pueblo", de la autoría de Pedro Enríquez Hdez.

UBICACIÓN DEL MUNICIPIO DE RAFAEL DELGADO, VER.

El municipio de Rafael Delgado, Veracruz, México, se encuentra ubicado en la zona centro del Estado de Veracruz de Ignacio de la Llave, en las coordenadas 18° 49” latitud norte y 97° 04” longitud oeste, a una altura de 1,160 metros sobre el nivel del mar.

Limita al norte con Orizaba; al este con Ixtaczoquitlán; al sur con San Andrés Tenejapan, Tlilapan y Nogales; al oeste con Río Blanco. Tiene una superficie de 39.48 Km2, cifra que representa un 0.05% total de la entidad veracruzana. (Enciclopedia Municipal Veracruzana, Gobierno del Estado de Veracruz, Secretaría Técnica, edición 1998)

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sábado, 7 de febrero de 2009

¿Qué significa Chiahualpa?



El sitio al que regresaron los tzoncolcas se llamaba Chiahualpa. ¿Qué significa este término? Indudablemente la palabra se deriva de chiahuatl, que significa cenagal o cenagosa. Chiuahualpa, por tanto, es el lugar del fango o del lodo, pantanoso o acuoso.

La personas mayores, como padres y abuelos, han relatado que existían sobradas razones para que la actual cabecera municipal se llamase Chiahualpa, o zona acuosa, en épocas pasadas, en virtud de que hasta hace poco en algunos puntos de la localidad había remanentes de charcas y arroyos, los cuales en la actualidad han desaparecido casi en su totalidad, pero que recientemente conservaban su nombre lacustre. Por ejemplo, a dos cuadras del centro, por el sur, sobre la Avenida Benito Juárez, el sitio se llamaba La Laguna.


El uso de los manantiales ubicados en los cerros para el abastecimiento de agua potable y los cambios climáticos que con el tiempo se han registrado por la depredación del hombre, provocaron la desaparición de los tres arroyos principales con que contaba este municipio. Actualmente sólo quedan las barrancas y vestigios por donde algún tiempo fluyeron caudales de aguas cristalinas. Ahí están las barrancas de Ocotla, Poyacapan y Abalapan, en el Primero, Tercero y Quinto Barrios, respectivamente, en la cabecera municipal. El río Matzinga, muy aparte por el grueso del volumen de agua que lo conforma, también contribuyó indiscutiblemente para que el lugar del actual municipio se llamase Chiahualpa en los tiempos prehispánicos.

Nueva lengua, nueva religión... nuevos apellidos



Otro de los asuntos que llama poderosamente la atención es cómo surgieron los patronímicos que hoy cargan los apelativos del grupo social que habita el municipio. Ya sabemos que los tzoncolcas regresaron a su área de origen en 1695, a instancias de ellos mismos y de las autoridades de la Nueva España. El traslado les permitió someterse totalmente a las metas religiosas y lingüísticas de los españoles. Así, las familias de Tzoncolco no solamente comenzaron a profesar la religión católica, sino, además, también fueron conociendo la lengua española o castellana.


La realidad social del tiempo actual nos indica que los españoles no se limitaron sólo a estos dos aspectos importantes de la cultura europea, sino que quisieron también adoptar sus apellidos en forma artificial en los grupos sociales indígenas, esto es, no hubo mezcla racial o biológica Hoy en día en esta localidad nadie carga apellidos indígenas, como en otros municipios cercanos ubicados en la sierra de Zongolica. Todos cargamos nombres patronímicos europeos. Existen familias con apellidos indígenas, pero ha sido por el resultado de las uniones de parejas entre delguenses y personas provenientes de otros municipios de las zonas serranas.


El fundamento de que en este municipio no hubo mezcla racial entre españoles y nativos parte de la tesis de que sólo contamos con los apellidos de los conquistadores, mas no de los rasgos físicos y genéticos. Esto revela que, en última instancia, lo que ocurrió fue una mezcla de nativos con grupos ya amestizados, lo cual permitió seguir conservando las características físicas de los rasgos indígenas en la mayor parte de la población actual.

De San Juan del Río a Rafael Delgado


Un siglo después de haberse fundado el pequeño poblado en Chiahualpa, San Juan del Río, en 1795, era un pueblo próspero, con escuela de primeras letras, iglesia parroquial, cuyos moradores se ganaban la vida sembrando maíz, cosechando frutas y vendiendo leña, carbón y tortillas, en Orizaba, según las estadísticas de 1831.


Se desconoce en qué momento Chiahualpa adoptó el nombre de San Juan del Río. Si fue inmediatamente de establecerse las 60 familias que descendieron de San Juan Tzoncolco o fue mucho tiempo después. Lo cierto es que en 1831 el pueblo de San Juan del Río se constituye en una municipalidad. El topónimo surgió a raíz de la entronización de San Juan Bautista como uno de los símbolos del catolicismo, traído en la literatura bíblica con la llegada de los españoles. A pesar de que los nativos de la Chiahualpa prehispánica huyeron a las faldas de las montañas de la Sierra de Zongolica para salvarse del exterminio europeo, los españoles lograron penetrar y establecer la efigie de San Juan Bautista en el minúsculo poblado de Tzoncolco, con el incesante afán de imponer la religión católica.

No obstante que puede intuirse que Teposchicoya y Cuáhtlatli eran nombres de los cerros del actual Tepoztécatl y Cuatláhac, lo cierto es que los escribanos españoles de entonces dejaron asentado en sus documentos que tales denominaciones eran sinónimos de Chiahualpa. Es por ello que hemos señalado que el topónimo de San Juan del Río bien pudo haber sido también San Juan Chiahualpa, San Juan Teposchicoya o posiblemente San Juan Cuáhtlatli. Pero no. Aquí influyeron una vez más las ideas europeas y Chiahualpa fue “bautizado” con el nombre elegante de San Juan del Río. Como puede notarse, el traslado de los naturales a tierras bajas no significó ningún peligro o amenaza para la evangelización cristiana. La figura del santo continuó imperando en el pueblo.


Sin embargo, las luchas anticlericales o seculares que cobraron fuerza durante el gobierno de Don Benito Juárez, con las Leyes de Reforma, en 1859, tuvieron efectos más tarde en la influencia eclesiástica. El topónimo de San Juan del Río –casi San Juan Bautista-fue sustituido por el nombre de otro personaje. El cambio tuvo que ver con la llamada “rebelión cristera”, ocurrida entre los años 1926 y 1929, durante el régimen de Plutarco Elías Calles. Aún cuando el conflicto llegó a resolverse satisfactoriamente, cediendo los derechos de los católicos, la política anticlerical del gobierno continuó. Bajo este tenor, decidió retirar los nombres religiosos de algunos municipios y poblaciones para aplicarles nuevas denominaciones seculares, es decir, no religiosas, con el objeto de contrarrestar la aún fuerte influencia política de la Iglesia Católica.

viernes, 6 de febrero de 2009

Rafael Delgado, el nuevo nombre


Así, el 5 de noviembre de 1932, por decreto del Ejecutivo Estatal, el municipio de San Juan del Río y su cabecera cambian de topónimo por el de Rafael Delgado. A falta de un personaje ilustre en la localidad, en homenaje del cual se hubiese nombrado al pueblo, las autoridades estatales prácticamente tomaron prestado el apelativo y el primer patronímico del destacado escritor cordobés, Rafael Delgado Sáinz, para “rebautizar” a nuestra jurisdicción municipal.


¿Quién fue Rafael Delgado? Al respecto ha existido cierta apatía, tanto por las autoridades municipales como por los habitantes del municipio. Y Rafael Delgado, el escritor, no solamente es desconocido por los vecinos radicados en esta localidad, sino por la gente de otros lugares, quienes al escuchar la expresión “soy del municipio de Rafael Delgado”, quedan sorprendidos o preguntan inmediatamente: ese qué municipio es y quién es Rafael Delgado. A nivel estatal, ya como municipio, muchos confunden con el municipio de Rafael Lucio o con San Rafael, una congregación de Martínez de la Torre (actualmente ya es municipio). Aún cuando ya habían escuchado en alguna ocasión, a veces a los delguenses les dicen: ”Ah, ya sé”. “Eres de San Rafael Delgado”. Después de más de 70 años de haberle cambiado el nombre, mucha gente de la región aún cree en la actualidad que el nombre oficial del municipio es San Juan del Río.


Obviamente, si Rafael Delgado fue un escritor, el asunto tiene qué ver mucho con la literatura mexicana. Pero los mexicanos somos poco afectos a la literatura, a la lectura; luego entonces, la ignorancia de la mayoría en relación a la identidad de nuestro personaje es explicable.


No obstante, para los que son adentrados en el mundo de las letras, como el también escritor cordobés, el dramaturgo Emilio Carballido, Rafael Delgado fue un escritor clásico. Fue un innovador de la literatura mexicana. Destaca su obra La Calandria, la cual se ha llevado al cine y a la radionovela y “han pasado por las manos de bastantes generaciones de lectores, sin perder su vigencia”.


“Enlace Veracruz 212”
[1], en Personajes Ilustres de Veracruz, nos describe con mayor detalle la vida del destacado escritor:

Él no fue soldado heroico, ni ejemplar gobernante, ni destacado luchador social, mas su nombre es reconocido con respeto y admiración en México y en el extranjero porque fue uno de los mejores escritores mexicanos del siglo XIX. Rafael Delgado nació el 20 de agosto de 1853, en Córdoba, Ver., ciudad que ha sido cuna de talentosos hombres de letras, desde la época colonial hasta el siglo XX, como el Jesuita Agustín Pablo de Castro, Jorge Cuesta, Rubén Bonifaz Nuño y Emilio Carballido, entre otros.


Pero Rafael no vivió mucho tiempo allí pues sus padres, que eran personas acaudaladas, muy católicos y de ideas conservadoras, apoyaban al grupo de Santa Anna, por lo que al crecer el movimiento liberal en Córdoba tuvieron que trasladarse a Orizaba, donde nuestro personaje pasó la mayor parte de su vida. Sin embargo como era gran admirador de la exuberante vegetación cordobesa, en sus novelas Delgado bautizó a su tierra nativa con el nombre de Villaverde y le dedicó hermosas páginas en las que describe la belleza de su paisaje. En la mitad del siglo XIX, la lucha entre liberales y conservadores había provocado una profunda inestabilidad política y económica que arruinó a muchas familias ricas, entre ellas la Familia Delgado Sainz, que pasó a ser de clase media. Esas pugnas entre liberales masones y católicos conservadores, así como las diferencias entre los ricos porfiristas y la clase media, recreadas con gran fidelidad en su novela “Los Parientes Ricos”. Porque el cordobés de quien hablamos fue un escritor realista y costumbrista; su pluma fue como una cámara fotográfica que mostró sin falsedad a los veracruzanos de aquella época, ricos y pobres, buenos y malos, hombres y mujeres, sus costumbres, su modo de hablar, sus sentimientos.


Rafael Delgado fue un hombre muy instruido y aunque se educó casi totalmente en Orizaba, por medio de los libros conoció a los más grandes escritores europeos, ya que sabía inglés, francés e italiano. Estudió la preparatoria y la carrera de profesor en el Colegio Nacional de Orizaba, de donde fue Catedrático de Literatura e Historia durante dieciocho años. En 1884, decide México para continuar con su carrera literaria. Su fama de escritor llega hasta Europa ya que es nombrado miembro de la Real Academia de la Lengua Española. Sin embargo, su situación económica era difícil, por lo que retorna a Orizaba para continuar con sus cátedras. En1901, invitado por el Gobernador del Estado, imparte las clases de Español y Literatura en Xalapa durante ocho años. Su amigo el novelista José López Portillo y Rojas, Gobernador de Jalisco, invita a Rafael Delgado a dirigir el Departamento de Educación de aquel Estado. Se desempeña algún tiempo en esta función pero, en 1913, su viejo padecimiento de artritis lo obliga a retornar a Orizaba.


Aunque en su juventud fue de aspecto agradable, pulcro en el vestir, cabello y bigote rubios, ojos claros, y muy católico pero no fanático, nunca se casó. En su vejez su carácter afable se tornó hosco. Fumador empedernido, buscó en el vino el consuelo a sus penas. Afectado de una enfermedad bronquial, lo agrava la depresión causada por la invasión norteamericana a Veracruz y muere en Orizaba en 1914.


Rafael Delgado fue un provinciano que amó profundamente su terruño. En sus poemas, cuentos y novelas inmortalizó a Orizaba con el nombre de Pluviosilla, nombre otorgado por lo frecuente de sus lluvias: Como pintor de trazo elegante y preciso, Rafael Delgado dibujó con maestría el perfil del paisaje mexicano. Aunque en algunos de sus cuentos y novelas, Rafael Delgado revela su admiración por el emperador Maximiliano (a quien llama Príncipe) y su simpatía hacia los conservadores, esta posición ideológica no le resta mérito a sus excelentes dotes de observador crítico de la sociedad en la que vivió.


Delgado fue un solterón empedernido que vivió siempre consagrado a una gran pasión: la literatura. Leyó mucho, escribió buenos libros y, como maestro, durante casi treinta años, difundió el conocimiento del idioma español; su dominio excelente del realismo y del costumbrismo lo igualan con los mejores escritores de España y Francia. Hoy, a más de ochenta años de su muerte, se siguen publicando los poemas, cuentos, novelas y ensayos de quien ha sido llamado “pintor de la provincia”.


Sobre el tema surgen algunos interrogantes. ¿Por qué se escogió la fama de Rafael Delgado para sustituir al viejo nombre de San Juan del Río? Es poco común el uso onomástico de un escritor para llamar a un municipio; los nombres más usuales para ello son los de políticos, héroes o mártires del país, como Camerino Z. Mendoza, Benito Juárez, Emiliano Zapata, Lerdo de Tejada, Carrillo Puerto, etc., pero no los de escritores o literatos. ¿Habrá en el país algún municipio de nombre Alfonso Reyes, Carlos Pellicer, Torres Bodet, López Velarde, Octavio Paz, Díaz Mirón o Ignacio M. Altamirano? Aunque estos dos últimos fueron destacados políticos y no hubiese sido extraño tomar sus nombres para algún municipio.


¿Será que Rafael Delgado Sáinz, al vivir mucho tiempo en Orizaba, pudo frecuentar en plan de paseo por estas bellas –bellísimas-- tierras de San Juan del Río? Cerros verdosos, abundante vegetación, arroyos y un río con aguas “juguetonas” y transparentes, fauna en todo su esplendor: aves, venados, armadillos, conejos… era realmente una maravilla. Un verdadero paraíso terrenal de aquella época. Estamos hablando de entre los años 1880 a 1890, periodo durante el cual Delgado meditó y preparó La Calandria para escribirla y publicarla finalmente en 1890.


Si nuestro personaje no frecuentaba por estas tierras paradisíacas, al menos sí estuvo en alguna ocasión para inspirarse y lograr una de sus obras más importantes: la Calandria. En los años que vivió Delgado Sáinz aún no se generalizaba el uso de vehículos motorizados. Normalmente en el transporte se utilizaban los carruajes tirados por caballos. Así, viajar de Orizaba a San Juan del Río y luego regresar, en esos tiempos, constituía indiscutiblemente toda una aventura turística.


Existen versiones no escritas de que Rafael Delgado Sáinz, cuando vivía en Orizaba, tuvo la oportunidad de visitar algunas veces al viejo pueblo de San Juan del Río; incluso –indican dichas versiones- nuestro personaje una vez tuvo ligeros problemas con la justicia, lo cual hizo que viniera a radicar un breve periodo en las tierras actuales que lleva su nombre.


En los primeros párrafos del Capítulo XXIII de La Calandria, Delgado Sáinz revela que recorrió importantes rincones del viejo San Juan del Río, Tlilapan y San Andrés Tenejapan, para “pintar” mágicos paisajes e introducirlos en su magistral obra novelesca. Rafael Delgado, así como describe el siguiente panorama, da la impresión de que estuvo observando en lo alto del cerro Tepoztécatl, desde donde podía apreciar los sitios, casas y pueblos, así como el Pico de Orizaba.


“A legua y media de Pluviosilla, rumbo al sur, y entre dos derivaciones de la cordillera, que a modo de contrafuertes se adelantan hacia la llanura, presentan los montes una obra inmensa. Allí empieza una serie de valles fértiles y ricos, que van a terminar en una cañada que a las pocas vueltas se convierte en garganta”.


“Siguiendo el caprichoso curso de un riachuelo, de hondo cauce y silenciosas aguas serpea un camino de color ladrillo, recto aquí, curvo allá, sin alejarse mucho de las laderas, asciende gradualmente, y, al fin, decidido a subir, trepa y trepa por los peñascos hasta perderse en los crestones”.


“En el último de estos valles, a la falda de una vertiente escueta y sembrada de piedras calizas, está situado el pueblo de San Andrés Xochiapan (hoy San Andrés Tenejapan), sobre una loma desde la cual se dominan los plantíos, bosques, dehesas, y el riachuelo, que allí, frente al caserío, sale de las arboledas y, rompiendo por entre los carrizales y la enea, dilata sus linfas cristalinas. A la entrada del valle hay una eminencia desde la cual se goza un magnífico panorama”.


“El sitio es bello: unas cuantas varas de césped y cuatro soberbios álamos de extendida copa. A la sombra de ellos, varias rocas cubiertas de musgo, y, en una, en la mayor, tosca cruz de equimite, ante la cual se descubren respetuosos los caminantes, ornada siempre de flores, amarantos, mirasoles, floripondios y sartas de xúchiles”.


“Aquella altura es un mirador. En el fondo, la garganta con sus peñas gigantescas, su vereda roja, sus desbordamientos de verduras y sus viejos ocotales; a la izquierda, la aldea: el templo ruinoso, la casa del Ayuntamiento con su largo corredor, las chozas humeantes, los huertos floridos y los cafetales umbrosos; a la derecha, la montaña que parece cortada a pico, alta, altísima, estéril, casi desnuda, con algunos grupos de espinosas bromelias y de magueyes montaraces; las unas como manojos de flechas; los otros como si fueran a precipitar en el abismo sus rosetones glaucos; atrás, valles y valles en pintoresca perspectiva, milpas, sotos, rancherías, rastrojos pajizos, sabanas sin término y, a los lejos, verdes, azules, violáceos, los cerros de Pluviosilla y el volcán con su brillante corona de nieve”.


La sustitución onomástica del municipio fue, al parecer, rápida, sin consultar a sus habitantes ni a sus representantes municipales. Hoy día el nombre de un municipio no podrá ser cambiado, sino por acuerdo unánime del Ayuntamiento y con la aprobación del Congreso del Estado. Si en 1932 la decisión de modificar su nombre fuese propuesta por las autoridades municipales, se ignora realmente cómo se hubiese llamado el hoy Rafael Delgado.


Está claro, sin embargo, que la decisión fue totalmente unilateral –por decreto gubernamental--, pero, aún así, la medida no fue errada puesto que al escritor cordobés tenía bien merecido que su nombre fuera grabado con letras de oro para este municipio –nuestro municipio--, en virtud de que lo admiró y le cantó en cierta forma en La Calandria.


[1] Enlace Veracruz 212.com.mx

Jalapilla, Tzoncolco y Omiquila

El municipio de Rafael Delgado está constituido por las congregaciones de Jalapilla, Tzoncolco y Omiquila; por las comunidades de San Miguel, Novillero, Las Sirenas, Boquerón, La cumbre, San Isidro, así como por la cabecera municipal que a la vez se divide en cinco barrios: Primero, Segundo, Tercero, Cuarto y Quinto.


Jalapilla, Tzoncolco y Omiquila


Antes de hablar de las congregaciones es importante dejar aclarado que las sesenta familias que bajaron de Tzoncolco Tlácpac ó San Juan Tzoncolco no llegaron a asentarse en los actuales ejidos “San Juan del Río” y de Jalapilla, sino en el rincón selvático de lo que hoy es la demarcación de la cabecera municipal.


El lugar era muy feo y nadie lo ocupaba ni siquiera para recoger leña, a pesar de que era parte de la enorme propiedad de los hacendados de entonces. Los labriegos empleados de los dueños del ingenio de azúcar leñaban principalmente en los que hoy son ejidos todavía, es decir, en las áreas comprendidas del río Matzinga a las áreas ejidales.


La cabecera municipal de Rafael Delgado es el asiento del núcleo poblacional más numeroso en la actualidad debido a que fue el punto principal donde se ubicaron las sesenta familias que descendieron de Tzoncolco en 1695.

Jalapilla



De las tres congregaciones, Jalapilla es la más importante en la actualidad por el número de habitantes que tiene. Entre esta congregación y la cabecera municipal siempre ha existido un choque cultural por el origen social e histórico que tienen ambas comunidades.

Mientras que los vecinos de la cabecera municipal son nativos y descendientes de la comunidad de San Juan Tzoncolco, --que por ende hablan náhuatl, herencia auténtica de la cultura prehispánica--, Jalapilla es una población conformada por una mezcla de grupos provenientes de distintos sitios, como Tlacotepec, San Marcos, Xochitlán, etc., del estado de Puebla, así como del estado de Michoacán y de otros rincones del país, cuando el ingenio de azúcar gozaba de plena bonanza.

En tanto que en la cabecera municipal y el resto de la población hablan el náhuatl y el español, y practican aún algunas costumbres tradicionales, Jalapilla es monolingüe y sus costumbres son distintas. Conviven en un solo municipio pero son socialmente insolubles, como el agua y el aceite.

Sus diferencias son enormes y con frecuencia se llega al grado de surgir comentarios despectivos entre los vecinos de ambas poblaciones. El rechazo se da de manera bilateral. Mientras que los de Jalapilla les dicen “indios” a los de la cabecera municipal, éstos les dicen a aquellos “cuétlaxtih”, que literalmente significa “hules” o “cueros curtidos”, lo cual traduce a “falsos” o “no auténticos”, es decir, que no son nativos del lugar.

La otra versión de apodarles “cuétlaxtih” posiblemente se deriva de los tiempos precolombinos, porque, según los Anales de Quauhtinchan, Cuetlaxtlan era llave del corredor comercial que bajaba del altiplano por maltrata y Orizaba a las exuberantes costas del Golfo. Si las familias foráneas llegaran de la antigua región de Cuetlaxtlan, como debieron haber supuesto los nativos, obviamente los de Jalapilla podrían ser “cuetlaxtecas”, o “cuétlaxtih”, en náhuatl, por el sitio de su procedencia (Cuetlaxtlan).

Este término también pudo haberse derivado de las costumbres de los campesinos de Jalapilla. Después de dejar de trabajar en la Hacienda algunos jornaleros empezaron a ocuparse por su propia cuenta. Iniciaron un trabajo de ganadería. A falta de espacios suficientes donde pastar los animales, los campesinos crearon establos y salían a conseguir el pasto. En vez de usar huaraches como los nativos del lugar, la gente de Jalapilla utilizaba botas de hule para el trabajo pesado.

Entre los vecinos del Ejido de Jalapilla y los del Casco de Jalapilla también existía cierta división, la cual con el tiempo se ha venido dirimiendo. El rencor surgió desde 1936 cuando la lucha agraria, iniciada desde l924 por los señores Paulino Mendoza, Angel Montero y Manuel González, tuvo el resultado esperado y se repartieron las tierras del potrero entre los solicitantes. Los del Casco de la hacienda, aunque no eran los propietarios, se sintieron ofendidos por la repartición, dado que vivían del empleo que les daba el hacendado.

Históricamente el área geográfica que constituye actualmente la demarcación municipal era territorio de los moradores de San Juan Tzoncolco. Cuando a éstos les ofrecieron recuperar la rinconada de Chiahualpa, ellos reclamaron también el bosque inmediato de lo que hoy en día son los Ejidos San Juan del Río y de Jalapilla. El Conde del Valle rechazó el reclamo y alegó que ese bosque inmediato era lo mejor del potrero de Jalapilla, sitio de donde sacaba leña para aviar el ingenio de azúcar.

El asentamiento de los tzoncolcas en lo que hoy es la cabecera municipal no afectó de modo importante la propiedad del hacendado español, pues todo lo que comprende ahora los campos y ejidos del municipio siguió intacto en manos del Conde del Valle.

Actualmente escuchamos con frecuencia la expresión “la ex hacienda de Jalapilla”. Esto supone que Jalapilla fue una hacienda. La hacienda era un tipo de explotación agrícola que otorgaba bienes económicos y prestigio a sus propietarios.

Se desconoce el origen del nombre de Jalapilla. Existe la anécdota de que había un campesino que laboraba en la hacienda quien tenía una bestia que le decía La Pilla. A la hora de arrearla, exclamaba: ¡Arre! ¡Jala, Pilla!. Pero el término Jalapilla pudo haberse originado también del vocablo náhuatl Xalatl, que se conforma de xalli (arena) y atl (agua), esto es, arena de agua o manantial entre la arena.

Este argumento es más sólido debido a que en estos días aún existen algunos nacimientos de agua en el área que ocupaba el ingenio. La unión de estas aguas forma el volumen del arroyo que se denomina Xalatl o Xalapa. Es posible que por una ocurrencia alguien lo llamó, de modo despectivo o diminutivo, Xalapita, Xalapilla o Jalapilla.

Jalapilla se fundó en 1742 por el Conde José Xavier Diego Hurtado Mendoza y Velasco, quien en 1757 reclamó como suyas las tierras de Jalapilla y Rincón Grande, entre otras.

La hacienda era propiedad de Andrés Suárez de Peredo, quien en 1821 se la vendió a Antonio Manuel Couto. En 1918 la hacienda contaba con tres anexos: 200 hectáreas de San Antonio, 79 hectáreas de San Cristóbal y 162 hectáreas de Rincón Grande, sumando un total de 1,300 hectáreas, propiedad de Luz Bringas.

Bajo el llamado imperio de Maximiliano de Habsburgo, los propietarios invitaron al emperador a visitar la hacienda, donde estuvo algún tiempo. Dedicada a cultivar caña y producir azúcar, la hacienda contaba también con sembradíos de café. Al fraccionarse, surgió la localidad del mismo nombre de más de 6,000 habitantes en la actualidad.

Tenía una casa habitación y una iglesia de arte moderno. En sus labores empleaban más de 50 jornaleros diarios, sin contar con las cuadrillas de los pueblos cuando los trabajos del campo lo exigían. La iglesia era la réplica de una capilla de París, con las imágenes de San José y la Virgen María, traídas también de la capital francesa, según cuentan actualmente los vecinos. El edificio eclesiástico se encontraba rodeado de hermosos y bien cultivados jardines.

La mayoría de los obreros del ingenio tenían sus habitaciones en casas que pertenecían a la hacienda y situadas fuera de su casco; algunos de los trabajadores vivían en los pueblos vecinos de San Juan del Río y Tlilapan. Con el paso del tiempo, la extensa propiedad de los hacendados fue disminuyendo, hasta que finalmente, en 1955, el Ingenio de Jalapilla cerró sus puertas para siempre.



Maximiliano en Jalapilla


En relación con la estancia del malogrado emperador Maximiliano de Habsburgo en Jalapilla, los vecinos de Rafael Delgado, tanto de Jalapilla como de la cabecera municipal, comentan, y muchas veces con cierto orgullo, acerca de esa “estancia”, pero casi ignoran el tiempo que estuvo y por qué estuvo en Jalapilla junto con su esposa Carlota Amalia.


En los campos del Ejido San Juan de Río, de Rafael Delgado, existen dos vestigios arquitectónicos. El primero consistente en ruinas casi pulverizadas de una vieja casa habitación (Tepansoltic, muro viejo en náuatl), y el segundo, en dos enormes pilares de alguna posible “entrada”; Tepansoltic se ubica en la orilla de la Calle de los Álamos y los pilares en un punto denominado Separo. Por el rumbo de Las Sirenas, junto a la vieja presa del sitio, también existen vestigios de albercas que se antojan fueron, en su época, construcciones de lujo.


Los vecinos de la localidad atribuyen a Maximiliano y Carlota dichas construcciones durante el tiempo que vivieron en Jalapilla (Rafael Delgado); sin embargo, los documentos históricos indican que la estancia de dichos personajes fue muy breve: 21 días en el mes de abril de 1865, casi a dos años de que fuera fusilado por los liberales en el Cerro de las Campanas, Querétaro.


¿Pero por qué Maximiliano llegó a vivir esos 21 días en Jalapilla? Un documento del Instituto Nacional de Ecología, mediante el cual Roberto de la Maza Elvira relata “Una historia de las áreas naturales protegidas en México”, señala que Maximiliano, a pesar de su breve estancia, había comprado la hacienda de Jalapilla.

Explica:

Durante su estancia en México, Maximiliano de Habsburgo compró la finca "Jalapilla", colindante con "El Mirador", con el fin de engrandecer sus colecciones de plantas y mariposas; y, además, poder conversar e intercambiar información científica con su vecino Carl Christian Sartorius. En su rancho de El Mirador, en Huatuxco, distrito de Orizaba, Sartorius recogía, entre otras cosas, plantas para el Jardín Botánico de Berlín. Los coloquios de Sartorius, Maximiliano, Karl Von Hedemann, Dominik Billimeck y otros muchos naturalistas más, fueron frecuentes entre 1864 y 1865. Las colecciones científicas de Maximiliano eran guardadas en una Abadía de la isla de La Croma, en el Adriático, que era de su propiedad.